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Portada » lugares y viajes

Publicado el 5 julio 2025 · Actualizado el 5 agosto 2025 · por Anna Mayer

Portugal exprés: dulces, playas salvajes y azulejos locos

Una escapada exprés a Portugal en junio

Una escapada realmente rápida a mediados de junio al sur de Lisboa dio para mucho. Veraneamos dos años en la zona de las Lagoas de Santo André, antes de la pandemia, y la central térmica de Sao Torpes era una vista familiar. Por cierto, si vas por la zona, la playa ahí cerca es tranquila -aunque la arena no es gran cosa- y el agua está más caliente que los alrededores.

Playas y pueblos con encanto

Un poco más abajo, poco antes de llegar a Porto Covo, paramos a bañarnos en esta playa. Dos fotos, dos visiones. Si miras bien, en la de la derecha se ve una grúa al fondo, que se cierne sobre la costa.

Hasta procesar las fotos para este texto no me di cuenta de esa pequeña diferencia, pero representa bien el desfase que viví durante todo el viaje.

Porto Covo y Vila Nova de Milfontes

En Porto Corvo nos habían reservado una noche en el Guesthouse O Lugar. Un edificio nuevo, sencillo, luminoso, con un rollo menos cuqui de lo que aparenta en su web.

La habitación, pequeña aunque funcional, tiene como punto fuerte el balcón con vistas al barranco verde de la bahía de Porto Covo. Ahí se sirve también el desayuno: la noche antes se rellena un papel con las preferencias, y a la hora establecida llaman a la puerta con unas bandejas cargadas con todo. Suena bonito, ¿verdad?

Bonito era. También incómodo. Maniobrar, recién despierta, las bandejas en una habitación de 9 metros cuadrados fue un poco un circo. Los precios no son un chiste tampoco: las dobles van desde 110 €, la más pequeña en temporada baja, hasta los 170€, con un mínimo de dos o incluso tres noches en temporada alta. Si los ponen será porque alguien los paga, lo cual no quita que me siga preguntando qué sentido tiene todo esto.

Porto Covo centro son literalmente cuatro calles que se cruzan: casitas bajas, blancas, cantos azules, el océano al fondo. Y muchos restaurantes con camarero atrapador en la puerta y la carta en la mano, platos de marisco y pasta, tiendas de colchonetas, rastrillos, sombreros, y muchos turistas del norte con unas ganas locas de tomar el sol.

Al pasar esas cuatro calles, están los edificios nuevos -no ofenden la vista, son blancos, bajos, discretos- y poco más allá está la siguiente franja con las grúas, que preparan más edificios nuevos. Un delicioso pueblo de costa, con sus calles estrechas que en pleno verano deben de ser un infierno.

La mañana siguiente bajamos hasta Vila Nova de Milfontes, más grande que Porto Covo. Queriendo dirigir la mirada, hay rincones bonitos.

También hay callejones ocupados por terrazas y cafeterías de especialidad donde no cabe ni un alfiler. Parece que el café ahí está rico de verdad, pero se nos pasan las ganas de esperar a que se libere una mesa. Yo me siento un poco sucia, cómplice de tanto amontonamiento. Y estamos solo a 11 de junio.

Seguimos encontrando rincones bonitos -la desembocadura del río Mira, más allá la praia das Furnas, a la que se puede acceder en barquito. Los gatos, que siempre se merecen un retrato.

Los cajetines de llaves de los apartamentos turísticos nos recuerdan por qué se mantiene tan vivaz y ajetreado el pueblo.

Y mientras me cruzo con la enésima nórdica que está viviendo su Portugues dream, vestido vaporoso de rigueur, me pregunto qué vacación placentera es si ves el decorado, los restaurantes chillones, los pisos en colmena, y pagando -iba a decir pagando mucho pero quizás no lo es tanto para una danesa. ¿Estamos viendo lo mismo? ¿De verdad todas estas personas que han decidido coger un avión hasta Faro o Lisboa, alquilar un coche, una habitación decorada en Ikea y comer algo equivalente al paellador luso solo por el clima? Probablemente también ellas están viviendo el viaje en dos planos distintos, abstraídas de la realidad y habitando el lugar como lo que fue, o lo que piensan que fue, o deberia ser, contribuyendo a la vez a que ya no lo sea. Como las dos fotos de la playa: el recuerdo será el de la que no llevaba la grúa.

Y yo, ¿de qué voy a hablar yo? Porque algo bueno quiero sacar de todo esto.

Comida con vistas

De Lamelas, por suerte, puedo decir solo cosas bonitas. Empezando por la terraza que tienen en la parte de atrás, que mira hacia esa misma bahía de la que hablaba en el Guesthouse. Ventilada, en la sombra, incluso en un día caluroso como el que tuvimos, se estaba muy bien.

El cóctel de la foto es un Medroni1, un Negroni hecho con aguardente de medronho (aguardiente de madroño), muy popular en el Alentejo.

Ana Moura, la cocinera, tenía ya en mente una propuesta: un variado de entradinhas para empezar -en la carta se sugieren como platitos a elegir para compartir al inicio. Paté de fígados de abrótea (hígado de brótola), paté de buey de mar con pickles, lulas fritas com maionese de algas (calamar frito), salada de gaspacho (un gazpacho picado) acompañados de manteca colorá -o mejor dicho, manteiga de porco, con un extra de tocino frito. Cada platillo ronda los 6 o 7 €.

La cocina alentejana resulta siempre algo familiar si has estado en Andalucía occidental o Extremadura, y sin embargo -y por supuesto- tiene un toque propio.

De principales, tomamos una lula recheada com migas de grelos e paté de ovas de pescada (calamar relleno con migas de grelo y paté de huevas de merluza), 29 €. La textura de las migas alentejanas es distinta a la idea que solemos tener: son más homogéneas y compactas, acaban siendo parecidas a una tortilla.

Y un -creo que no hace falta traducción- arroz cremoso de peixe e camarão, 35 €. Perfecto. El arroz entero pero bien cocido, el sabor a mar delicado y presente -muchas veces este tipo de platos saben a fumet recocido-, el pescado en tropezones grandes y al punto correcto. Hay algo de mantequilla para ligar, la suficiente para aportar textura y sabor (porque mantequilla y pescado se llevan de maravilla), pero no tanta como para resultar pesada. Y sobre todo: está todo bien ligado, lo que no es poco en esta época de arroces hechos en cadena de montaje, con arroz y caldo por un lado, toppings por otro, y puntitos de sabor encima. Cuando eso no ocurre, se agradece y se valora.

Acabamos con unas migas dulces, con miel y nueces, y estás feliz.

Lo que comimos nosotros saldría en unos 100 € en total, más bebidas, pero es perfectamente posible comer por unos 35-40 € por persona. Pongo precios y los comento porque creo que sí es importante saber y tener presente el coste de las propuestas -pague o no pague- para valorarlas en su totalidad, y para poder recomendarlas (o no).

Teniendo en cuenta que estás en un restaurante familiar que vive sobre todo de la temporada -es decir, el invierno es muy largo, pero vuelvo a esto en el párrafo siguiente-, que el entorno es muy agradable, y que por fin encuentras una cocina tradicional bien hecha (es decir, con el conocimiento y la técnica de la alta cocina, pero sin que esta intervenga y modifique sustancialmente la receta)… creo que la recomendación es más que merecida.

A todo esto se suma la historia personal de Ana Moura y su familia. Originarios de Porto Covo, sus padres vivían en Lisboa y allí es donde ella nació y se formó. Tras estudiar y trabajar en restaurantes de España y Portugal, decidió volver al pueblo y hacer algo bueno allí.

Forma parte de la asociación Porto Covo Todo O Ano, una iniciativa para promover el pueblo como destino turístico no solo en verano. Proponen actividades gastronómicas, culturales y deportivas más allá de la temporada alta, para que Porto Covo tenga finalmente una infraestructura sólida y continua, con mejores servicios para los habitantes. Porque esta es, si no la mejor, al menos la menos mala forma de desarrollo turístico: la que incluye a los vecinos, incluso aportándoles mejoras en su calidad de vida.

Montemor-o-Velho y Caldas da Rainha

Ya de camino a casa, haríamos noche en Montemor-o-Velho, entre Coimbra y Figueira da Foz, pero antes tocaba parada en Caldas da Rainha. Caldas nació como ciudad balnearia -me dice Wikipedia que su fundación se debe a las termas que la reina Leonor de Avis mandó construir en el siglo XV, tras comprobar las propiedades curativas de las aguas sulfurosas de la zona. No sé si el turismo de edificios abandonados tiene un nombre, pero si es lo que te gusta, deberías visitar los Pavilhões do Parque en el Parque Dom Carlos I, uno de los pulmones verdes de la ciudad. Son pabellones modernistas, con un cierto aire severo más escocés que portugués, que sirvieron como centro termal y hospital de hidrología.

Azulejos, cerámica y compras finales

Pero la verdadera razón para parar en Caldas era la tienda outlet de Bordallo Pinheiro. Me dicen que la visita a la fábrica también vale la pena, pero esta vez no teníamos tiempo y, sobre todo, teníamos PRIORIDADES.

La tienda de Bordallo Pinheiro

No sé qué opinas tú de la cerámica de Bordallo Pinheiro. Yo, amante del minimalismo y del diseño escandinavo, digo que nunca hay suficientes cuencos con forma de hoja de repollo, de pimientos, de berenjenas o de tomate.

De estas piezas me gusta justamente el exceso, lo absurdo, y sobre todo que están bien hechas. Vajilla con forma de cosas hay muchas, pero a menudo son bastas -y baratas, obvio, como las que Tiger propone en cada cambio de escaparate. La gracia de las de Bordallo se descubre cogiéndolas en mano: pesan, están bien acabadas, y en las de repollo se nota aún más, gracias a los relieves minuciosos de las nervaturas de las hojas.

El outlet tiene descuentos importantes, desde el 30 % hasta el 50 % en piezas con taras -muchas de ellas imperceptibles. Yo me contuve, fui directamente a la sección de taras, y me llevé una fuente grande de repollo y dos cuencos medianos, uno de tomate y otro de repollo, por 45 € en total (el precio real rondaría los 100 €).

Válega y su iglesia desbordante

La noche en Montemor-o-Velho fue sin mayores incidentes: hotel espartano, con unos inexplicables cojines en ¿italiano antiguo? Al día siguiente, más fenómenos difíciles de explicar: la Igreja Matriz de Santa Maria de Válega, recubierta íntegramente de unos discretos azulejos blancos y azules... hasta que llegas a la fachada principal y ¡boom! Un delirio de los años 60, tan espantoso que te deja hipnotizado. Es un poco toda así, si te gusta el turismo de edificios más feos que un accidente estradal, entonces te la recomiendo mucho.

Dulces, mermeladas y algo de supermercado

El desayuno, doble. Porque una vida baja en azúcares es válida, pero si estás en Portugal un par de cosas las tienes que probar.

Tentúgal y los dulces que merecen desvíos

Primer desayuno en A Pousadinha, por un pastel de Tentugal. Había estado aquí antes, y no sé si ha cambiado mi gusto o han cambiado los pastéis, pero ya no me gustaron como recordaba. Poco sabor a huevo, algo secos. Igual soy yo, no ellos.

Mucho mejor fue el segundo desayuno, en Ovar. El pueblo es conocido por su Pâo de Ló, un bizcocho que se encuentra en todo Portugal pero que cambia mucho según la zona. Un poco como la tortilla de patata, que la hay en toda España pero se identifica más con algunas regiones, ¿no? En fin: encuentras pâo de ló en cualquier parte, incluso en las panaderías de los supermercados, pero no bases tu opinión en eso.

El pâo de ló de Ovar es famoso por su textura húmeda, con una proporción altísima de yemas, y una cocción mínima. Flôr de Liz es la pastelería que ganó el premio al mejor Pâo de Ló el año pasado. El local es pequeñísimo, con una salita arriba para tomar bizcocho y café (y unas mesitas en el jardín también), pero lo principal es que tienen Pães de Ló listos para llevar: pequeños, como el que compartimos nosotros, de medio kilo o de un kilo. El precio va de los 3 hasta los 20 €, según el tamaño.

Si quieres probar a hacerlo en casa, la receta de Loly Llano puede dar buenos resultados.

Compras impulsivas, prácticas y deliciosas

Termino con las fotos de la incursión en un supermercado -un E. Leclerc, así que de base francesa, aunque con bastantes productos portugueses.

Las ollas de aluminio siempre me llaman la atención -¿por qué ellos las tienen, Italia también2, y España no?

Los formatos de pasta locales: la aletria ya la conocía (es también el nombre de un postre), pero la meada, no. Una fantasía, por supuesto, el cruce de referencias italianas, empezando por la marca Milaneza, y luego las traducciones: Capellini, Matassa...

Conmigo se vinieron dos paquetes de cuscús grueso, pensando que quizás podría usarlo en lugar de frégola en algún plato. En realidad, cierta frégola y este tipo de cuscús -a veces llamado "israelí"- son solo trocitos muy pequeños de pasta, como si se hiciera un espagueti y se cortara muy, muy, muy corto. Pero hay diferencias: el cuscús mediooriental, la frégola italiana y los cuscos portugueses tienen formas, texturas y orígenes distintos.
En la zona de Trás-os-Montes, los cuscos son una variedad tradicional que solo se encuentra en versión artesanal. En Sardegna, la fregula es lo mismo, aunque se encuentra tanto en forma artesanal (idéntica a los cuscos portugueses) como en formato industrial, más común.
El llamado "cuscús israelí", o ptitim, es en realidad una invención comercial de los años 50.

De frégola y de cocina sarda he hablado ya en (125) Sud Sardegna - La curiosa historia de los tabarchini y aquí tienes mi receta de Frégola de pescado: (091) Fregola di pesce.
Y aprovecho este momento para decirte que si te gusta lo que estás leyendo… quizás te puedas plantear hacerte suscriptor* de pago a la newsletter.

Segundo haul, totalmente sinsentido: mermeladas. Está claro que franceses y británicos son superiores en su habilidad mermelatoria (no conozco la tradición nordeuropea, estoy dispuesta a investigar. Send samples).

Mi mermelada preferida, si tuviera que quedarme con una sola en el mundo, es la de grosellas negras (cassis en francés, blackcurrant en inglés). Me encanta también la de cerezas, la de ciruelas, y la clásica -si está bien hecha- de albaricoques.
(La de fresa no puedo con ella. De verdad, ¿qué sentido tiene?).

Así que he comprado todas las mermeladas de grosellas, rojas o negras, que he encontrado, más una de ciruelas Claudia que ya he abierto y está deliciosa: dulce y ligeramente ácida, como solo una ciruela puede ser.

En España compro a veces la de St Dalfour (excelente) o la de Wilkin & Son / Tiptree (nunca entiendo cuál es la marca, la llamo "esa inglesa mona y cara").Si me queréis, regaladme mermeladas de grosellas negras.
(O suscribíos a la newsletter para que me pueda comprar más).

  1. Yo no quería tomar alcohol -y no, ahora no se viene una frase graciosa de esas de «pero soy fácil de convencer jaja». No quería. Pero después de dos educadas negativas, frente a la insistencia -que en España cada vez es menos común: «¿de verdad no quiere tomar nada? ¿Ni una copa? ¿Ni un cóctel?"- se dio una de esas situaciones en las que era menos incómodo decir que sí (y luego beber lo que me apeteciera) que empeñarme en decir que no. ↩︎

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