De ligereza en 1973 hablaré, dije. Y aquí estamos: en unas páginas de mi colección de La Cucina Italiana de 1973 que me hicieron desgranar los ojos. Lo primero, una moraleja positiva para empezar: qué bien que nuestra forma de pensar respecto a la alimentación y el peso corporal haya cambiado en estos años como para que ciertos titulares nos parezcan entre escandalosos e inapropiados.
Bajo el título "Otto giorni per dimagrire", La Cucina Italiana proponía en 1973 una cura de ocho días, a 800 calorías por día. Como vieja guardia (vieja guardia que duró hasta hace pocos años, y que nuestras madres aun tienen esculpida en el cerebro) va soltando reglas y prohibiciones: abolidos el azúcar, el pan y los crackers, no más de un vaso de agua (o ¡de vino!) en la comida, abolidos azúcares y dulces. En 1973 la ligereza era una orden, y el cuerpo un campo de obediencia.

El texto empieza casi como un parte médico pero pronto se convierte en manual de disciplina. No sé si me impresiona más la severidad de la dieta o el lenguaje: ese "abolir" repetido como un martillo. No se sugiere, se impone. Y la comida es un enemigo del que hay que defenderse.
La palabra más repetida es abolire. No se reduce ni se modera: se elimina. La dieta se convierte así en un acto de obediencia, y la cocina, en una zona de vigilancia. Hasta el agua está sujeta a control.

Y luego está la tabla de las 800 calorías: cien gramos de leche, ochenta de pan, doscientos cincuenta de carne, cuatrocientos de verduras, cuatrocientos de fruta, cinco gramos de aceite. Un total de 788,10 calorías. Ni una más. La leggerezza pasa por el control y el sacrificio, no por el bienestar.

Las viñetas humorísticas rezuman culpa también. Una mujer, de pie sobre la báscula frente a un escaparate de pasteles, murmura: "Puedo comerme uno más..". En otra, unos niños con plato vacío piden "una molécula más de tarta". La comida es siempre amenaza culpable.


Si pensamos en la Italia de 1973 -años de crisis, de cambio, de mujeres que empezaban a ocupar espacios propios-, estas páginas de dieta son también un espejo cultural. La delgadez no era solo estética: era orden, control, una forma de encajar en un ideal moderno. Comer poco equivalía a ser dueña de uno misma, a mantener el tipo (en todos los sentidos).
Hoy, medio siglo después, la palabra leggerezza sigue en el aire, pero con otro tono. Ligera puede ser una receta, una digestión, una manera de estar: no por ausencia, sino por equilibrio. No por castigo, sino por placer. Ya no contamos calorías, espero, sino historias. La comida ha dejado de ser un enemigo para volver a ser conversación.




Deja un comentario